El Rascacielos

high-rise-poster

Director: Ben Wheatley
Actúan: Tom Hiddleston, Jeremy Irons, Sienna Miller

Basada en el libro de J.G. Ballard

Robert Laing (Tom Hiddleston) se muda a un edificio de reciente construcción hecho por el arquitecto Anthony Royal (Jeremy Irons) quien vive allí mismo en el pent-house. El edificio ofrece tantas comodidades, así como una vida social activa que sus inquilinos no tienen la necesidad de ir a ninguna otra parte que no sea al trabajo.

Así que vemos varias escenas donde sus habitantes se dedican en salir por las mañanas al trabajo, regresar por las tardes y bailar por las noches hasta el cansancio. El problema gira en torno a las enfrentaciones entre los estratos de los habitantes del edificio.

Es interesante y gracioso ver cómo todo se empieza a desmoronar al punto donde las mujeres están lavando la ropa en la piscina.

Esta sociedad aislada es tan débil que la envidia de quien da las mejores fiestas la pueden colapsar. Claro que es una metáfora, toda la película está plagada de metáforas entretenidas que a los fans de las distopias les dará mucho de qué hablar.

Un edificio tan hermoso, tan estético, pulcro, una maravilla arquitectónica tan mal planeada para la vida real. El edificio en el que todos quisiéramos vivir pero que inevitablemente nos volvería locos. La inmundicia que sus habitantes crearon por vanidad, egoísmo o envidia y que no quieren reconocer o que cínicamente aceptan como algo que no se puede cambiar o algo que sólo se puede apreciar desde afuera con egolatría y prejuicio, cuando en realidad esta apreciación externa no es posible viviendo bajo el mismo techo.

Es atractivo el sentimiento de cataclismo social ya que al parecer vivimos en una era transitoria tal y como se vivió durante la revolución industrial, es lo que me cuentan los historiadores. Los comediantes me cuentan que también que la sociedad vivió bajo una gran ansiedad cuando se inventó la rueda.

Le invito a que vea como estos inquilinos se desgarran los unos a los otros y se hunden en lo más latente de su humanidad en esta graciosa película en la cual usted no compró un boleto, pero aun así tiene su lugar reservado.