Un hombre irracional, pero simple

Existen artistas que no necesitan plasmar su nombre en una obra para ser reconocidos a través de ella. En el caso específico del cine, se trata de una forma peculiar de contar su historia, del ánimo con que abordan diversas situaciones, de la manera en que resuelven a los personajes. Nadie tiene que decirte que cabeza ha ideado la magia que tienes enfrente, porque su ingenio está presente en cada toma, en cada línea, en cada cuadro. Para bien o para mal, Woody Allen es uno de esos artistas.

Un hombre irracional tiene el sello de su guionista y director. La historia se centra en Abe Lucas (Joaquin Phoenix) un profesor de filosofía atravesando por una crisis existencial y Jill Pollard (Emma Stone) la estudiante vivaz atraída por el atormentado pensador, y quien será pieza clave para que este retome sentido a vivir; el hombre encuentra esperanza donde menos se espera.

El argumento es muy prometedor, en verdad invita a adentrarse en las complejidades de una mente que lo ha experimentado todo y ya no tiene a donde ir, cuanto y más si es interpretada por Phoenix, quien es bastante convincente cuando del papel de solitario y taciturno se trata. La contraparte es que habrá quien piense que el filme sobre un filósofo buscando razón de ser, resultará en algo largo y tedioso, pero estará equivocado. La película se desarrolla con suavidad coherente, muy acorde a la ambientación pueblerina, por lo que esos lapsos donde uno pudiera llegar a sentir algo de letargo, parecen parte de la trama y se disfrutan de buen grado. Tampoco hay mucha exposición metafísica, lo que la hace más digerible, y los hechos se suceden uno tras otro en orden seguro y agradable, como agradable es ver en pantalla a Emma Stone, cuyo personaje de estudiante liberal puede ser cliché, pero ella le imprime la bastante humanidad para pasarlo por alto. Es característica del director el que sus actores aparezcan vulnerables, a veces patéticos y cercanos a nosotros, lo que irremediablemente nos obliga a cuestionarnos lo que hubiéramos hecho en su lugar.

La película no carece de detalles, y si hay que atribuírselos a alguien debe ser al creador y su estilo. Le hacen falta giros inesperados, someter a sus personajes a situaciones menos obvias, jugar un poco con la mente del espectador y no darle el contenido ya directo en la boca. Su visión del filósofo desdichado empieza muy bien, pero luego incurre en soluciones demasiado simples para su clase de problemática, que bien daría lo mismo se tratase, con todo respeto, de un leñador, el intendente de la escuela o un guionista de cine. Puede que fuera deliberado y de allí el nombre del largometraje, aun así deja un regusto extraño que personajes presentados como brillantes respondan tan corriente y predeciblemente. Lo que en definitiva es premeditado, es esa tendencia a matizar sus secuencias dramáticas, como intentar hacer pasar por comedia lo que debería ser suspenso, dejándolo inservible para ambos casos; recurre a la música para lograr este efecto, otro más de sus sellos característicos, y pareciera que su intención es restar trascendencia a sus secuencias, como sacudiéndose la responsabilidad de lo que sucede a cuadro. Allen no corrió riesgos y se apegó cabalmente a su forma de hacer cine: no hay una escena particularmente atrevida, ni diálogos que se ciñan a la memoria, cuando es precisamente eso para lo que se prestan este tipo de cintas.

En conclusión, Un hombre irracional es una película bien hecha que va a complacer a los fans del cineasta y dejar satisfechos a quienes que no lo sean. Puede que no cambié tu vida, o sea de aquellas que deseas ver una y otra vez, pero si es de esas que cumplen con entretener.